
El Camino de Papel sigue avanzando. Después de salir de València, cruzar el Mediterráneo hasta Palma y volver a la península por Tarragona, esta semana hemos llegado a Lleida. Ya hemos recorrido el 70% del camino gracias a una comunidad lectora que, página a página, está convirtiendo sus lecturas en papel en un recorrido compartido sobre el mapa.
La idea del reto es sencilla: cada página leída en papel suma 21 centímetros al camino. Pero El Camino de Papel no es solo una línea que avanza. También es una forma de descubrir que cada territorio tiene una voz literaria propia, una manera distinta de mirar el mundo y de transformarlo en palabras.
Valencia: el inicio de un camino de grandes historias

El camino empezó en València, un territorio fundamental para entender la literatura en catalán. Allí encontramos el esplendor del siglo XV, con autores como Ausiàs March, Joanot Martorell, Sor Isabel de Villena o Joan Roís de Corella.
València fue una capital cultural de primer orden y dio obras esenciales como Tirant lo Blanc, donde Joanot Martorell bajó al caballero del pedestal y lo convirtió en un personaje humano: con dudas, deseos, humor y debilidades. Esa mirada realista y crítica conecta, siglos después, con autores contemporáneos como Ferran Torrent, que también convierte la ciudad en un escenario vivo, lleno de contradicciones y personajes de carne y hueso.
En València, la literatura nos recuerda que las grandes aventuras no siempre empiezan en mundos fantásticos. A veces empiezan en una ciudad concreta, con una lengua concreta y con personajes que se parecen mucho a nosotros.
Islas Baleares: la literatura rodeada de mar

La segunda parada nos llevó hasta Palma y las Islas Baleares, donde la literatura está profundamente marcada por la insularidad. El Mediterráneo no es solo un paisaje: es frontera, camino, refugio y límite.
Ramon Llull convirtió Mallorca en un punto de partida para pensar el mundo. La Escola Mallorquina, con Joan Alcover y Miquel Costa i Llobera, transformó el paisaje en belleza formal y contemplación. Más adelante, autores como Llorenç Villalonga, Baltasar Porcel, Carme Riera o Blai Bonet mostraron que la isla también puede ser memoria, tensión, introspección e incluso encierro.
En las Islas Baleares, la literatura mira hacia fuera, hacia el horizonte, pero también hacia dentro. Leer este territorio es entender que el mar no solo separa: también conecta, protege, transforma y nos obliga a preguntarnos quiénes somos.
Tarragona: historias de río y piedra

Después de Palma, el camino llegó a Tarragona. Allí la literatura cambia de textura. Si en las Islas Baleares el mar era una presencia constante, en Tarragona y las tierras del Ebro aparecen dos grandes símbolos: el río y la piedra.
El Ebro es memoria, movimiento y vida. En autores como Jesús Moncada, Gerard Vergés o Andreu Carranza, el río guarda historias, leyendas, oficios, pueblos desaparecidos y voces que siguen fluyendo. No es solo agua: es una manera de recordar.
Pero Tarragona también es tierra dura: Priorat, Terra Alta, Conca de Barberà. Allí el paisaje se vuelve seco, áspero, resistente. Autores como Gabriel Ferrater, Marta Rojals, Olga Xirinacs o el Rector de Vallfogona muestran una literatura donde el territorio no decora la historia, sino que la moldea.
En Tarragona, la literatura nos enseña que un territorio puede hablar de muchas formas: con el rumor del río o con la dureza de la roca.
Lleida: de los orígenes al futuro imaginado

Y ahora llegamos a Lleida, una parada especialmente significativa. Porque Lleida nos permite trazar una línea literaria que va desde algunos de los primeros testimonios escritos en catalán hasta la ciencia ficción contemporánea.
En las tierras de Lleida encontramos las Homilies d’Organyà, uno de los testimonios más antiguos de prosa en lengua catalana. Son sermones de finales del siglo XII o principios del XIII y representan un momento clave: la lengua empieza a consolidarse como herramienta escrita para transmitir ideas, creencias y conocimiento.
Pero Lleida no es solo origen. También es futuro imaginado. Manuel de Pedrolo, nacido en l’Aranyó, llevó el catalán a territorios poco habituales en nuestra tradición literaria con Mecanoscrit del segon origen, una obra de ciencia ficción que ha marcado a generaciones de lectores. Con Alba y Dídac, Pedrolo imaginó la supervivencia, la reconstrucción y la posibilidad de empezar de nuevo.
Entre las Homilies d’Organyà y el Mecanoscrit del segon origen se abre un arco enorme: de la primera palabra escrita al futuro después del fin del mundo. Pocas paradas explican tan bien la fuerza de una literatura capaz de conservar la memoria y, al mismo tiempo, imaginar lo que todavía no existe.
Lleida también nos lleva a Balaguer, con Teresa Pàmies y Josep Vallverdú; al Pallars de Maria Barbal, donde el paisaje y la memoria histórica se convierten en literatura; y a los Pirineos, que en tantas obras aparecen como espacio de dureza, misterio, identidad y transformación.
Un camino hecho de lecturas compartidas
El Camino de Papel no premia a quien llega primero. No es una carrera ni una competición. Es una acción colectiva para hacer visible algo que muchas veces queda escondido: el esfuerzo lector de miles de niños, niñas y jóvenes.
Cada cuestionario completado suma metros al mapa. Cada libro leído aporta nuevas páginas al camino. Cada lector, desde su escuela, biblioteca o casa, contribuye a que la ruta siga avanzando.
Llegar a Lleida significa que el camino continúa vivo. Hemos pasado por territorios de caballeros humanos, islas introspectivas, ríos llenos de memoria y montañas donde nacen algunas de las primeras palabras escritas en nuestra lengua.
Ahora el reto sigue. Nos esperan Barcelona, Girona y, finalmente, Portbou.
Todavía queda camino por recorrer. Y la única manera de hacerlo avanzar es seguir leyendo.

